Monday, November 12, 2007

CUANDO LO COTIDIANO SE VUELVE INVISIBLE
Es todo un lujo volverse a su país, su ciudad o su barrio de origen de turista y lo es por varias razones.
En primer lugar porque implica que has ampliado los horizontes al irte a vivir en otro sitio y también porque te otorgas así el derecho de callejear con ojos nuevos y sin correr contra el reloj en un lugar que te has pataleado centenas, millares de veces sin fijarte a lo mejor en todos los detalles que componen tanto la unidad como la diversidad de un lugar, su idiosincrasia, su imagen corporativa.
Volver al punto de partida consiste en sentirte en terreno conocido con los ojos y la mente abiertos del ingenuo que descubre un sitio, quiero decir que el secreto está en quitarse los prejuicios de encima, olvidarse del pasado y examinarlo todo con la frescura de un fotógrafo en ciernes.
Es lo que he tenido la suerte de hacer hace unos días, pues pasé unos días en París y estuve alistándome voluntariamente (y con todas las consecuencias que tal acto conlleva) al flujo de los turistas que visitan a diario mi ex barrio : Montmartre, mejor dicho "el bas Montmartre", "el Montmartre bajo" que de barrio bajo no tiene mucho aunque nace en las estribaciones - para llamarlas de alguna manera - del celebérrimo Pigalle, ex barrio canalla de la capital y ahora todo un escaparate kitsch de un mercado sexual en decadencia ya que la verdadera prostitución se juega más allende los lugares turísticos, en las circunvalaciones de la ciudad entre otros mientras que Pigalle vive del cuento.
Viví durante unos años muy cerca de la sala de concierto Élysée Montmartre, no cuento el número de conciertos que vi allí (gracias esencialmente a un amigo mío que trabajaba en una discográfica y me pasaba invitaciones) y lo más curioso de todo es que nunca me había fijado en la mujer esculpida en la fachada ... y hizo falta que estuviera hace unos días de paquete en la moto que conducía el mismo amigo (por más extraño que pareza, sigue trabajando en la discográfica) y que tuviéramos que detenernos en un semáforo para que mis ojos captaran esa imagen. Me quedé de piedra, nunca mejor dicho.
Se le dije entonces a mi amigo y cuando él miró la fachada me confesó que tampoco se había fijado antes en la escultura.
Al día siguiente me pasé por el mismo lugar caminando y saqué un par de fotos de la fachada. Y si he tenido ganas de contároslo no es por presumir de soberbia que viaja a París cuando se le antoja sino para invitaros, a lo mejor, a levantar más a menudo los ojos en vuestro barrio y a fijaros en el sinfín de detalles y de bellezas listas para consumir (tengan o no formas tan apetecibles como las de esta mujer esculpida) que el cotidiano y quizás también el desprecio por lo más cercano hacen invisibles ante nuestra mirada desganada ...
¿O será que la mayoría de nosotros somos hipermétropes y nos cuesta discernir lo que tenemos ante los ojos?

3 comments:

Adolfo said...

Gracias por inspirarme tanto y enseñarme a ver el más mínimo encanto en los rincones hacia donde nadie dirije su mirada. Ultimamente voy por Madrid como un turista más y parece que a la vista hay muchas cosas que parece que acaban de colocar ahí.
Un besazo

ladygoogla said...

es todo un placer y un honor a la vez inspirarte.

Yo también voy de turista en Madrid, y en París,
quiero que todos tenemos que aspìrar a convertirnos en turistas universales aun cuando no podamos movernos mucho !!
otro beso

airam said...

Yo también me fijé en ella... pero era de noche. Aún me pregunto cómo pude distinguirlo entre todas las llamativas luces de los sexshops. Un saludo!